Seis horas recorriendo el campo de concentración de Buchenwald en un día de mayo 2026; llevo en la mochila el libro La Escritura o la Vida de Jorge Semprún, firmado por él en Viena en 1995. Tras su lectura ya estoy avisado de cómo se sobrevivía o moría a diario en Buchenwald. Quedan muy pocos rastros constructivos en el “Schutzhaftlager”, el campo de prisioneros: apenas 5 edificios, de las decenas de barrancones que llenaban una explanada de 40 hectáreas inclinada hacia un bosque de hayas, Buchenwald en alemán.
Semprún recoge en su libro su visita a Buchenwald en marzo 92: ” pero no sabía que habían hecho con el propio campo, con la monótona hilera de barrancones y bloques de cemento. La sorpresa por tanto fue total. Habían conservado la alambrada, los miradores de vigilancia que la jalonaban a intervalos regulares, la torre de control que coronaba el portón seguía en su sitio, idéntica al recuerdo que guardaba de ella. Igual que los edificios del crematorio, de las duchas y del almacén general de ropa. Todo lo demás había sido arrasado, pero, como en un emplazamiento arqueológico, la ubicación y los fundamentos de cada uno de los barrancones, de cada bloque de cemento, estaban identificados por rectángulos de gravilla gris rodeados por un bordillo de piedra, en uno de cuyos ángulos un mojón recordaba el número que correspondía antaño al edificio desaparecido. El resultado tenía una fuerza dramática increible. El espacio vacío creado de este modo, rodeado por la alambrada, dominado por la chimenea del crematorio, barrido por el viento del Ettersberg, era un lugar de memoria estremecedor.”
Los reclusos -desde su inicio políticos, comunes, de etnia gitana, homosexuales, más tarde también judíos y prisioneros de guerra rusos – eran internados en el campo tras atravesar un portalón con la cínica inscripción “Jedem das Seine” “a cada uno lo suyo”, leída correctamente sólo desde el interior del campo por estar dedicada exclusivamente a ellos. Su interpretación más veraz es el lema “Vernichtung durch Arbeit”, el exterminio mediante el trabajo, la razón de ser nacionalsocialista de los campos de trabajos forzados. Entre los edificios que se conservan destaca una casa de ladrillo con una chimenea de dimensiones desproporcionadas: el Krematorium. A unos 200 metros de alli se encuentran los restos del roble de Goethe, quien paseaba con sus amigos por esa ladera, la del monte Ettersberg. En el recinto exterior del campo, al otro lado de las alambradas y de las torres de vigilancia, siguen también en pie el edificio de la Kommandatur, las viviendas de las SS, las cocheras con su gasolinera, las perreras, un recinto hípico para el comandante del campo y su familia, incluso los restos de un parque zoológico. También se conservan algunas instalaciones industriales, donde los prisioneros tenían que fabricar armamento doce horas al día, seis días a la semana; atravesando el hayedo durante un kilómetro se llega a la cantera, el lugar más temido de Buchenwald por sus durísimas condiciones de trabajo y por la frecuente aplicación de la ley de fugas.
Más de 270.000 prisioneros de 50 países estuvieron internados en el campo de concentración de Buchenwald: 56.000 murieron debido a las inhumanas condiciones de trabajo y de vida pero también ejecutados por las SS cuando éstos consideraban que su nivel de productividad laboral no justificaba su sustento. En un trayecto en autobús de 20 minutos regreso a Weimar: la ciudad mantiene muy presente el infame recuerdo de Buchenwald a traves de una plaza que lleva su nombre, un museo dedicado a los trabajos forzados, monumentos a prisioneros como el político Thälmann; desde 2019 una de las principales plazas de la ciudad está consagrada a Jorge Semprún, en sus orígenes lo estuvo al Duque Carl August Sachsen-Weimar-Eisenach, posteriormente a Adolph Hitler y a Karl Marx.
Sechs Stunden verbringe ich an einem Maitag 2026 mit der Erkundung des Konzentrationslagers Buchenwald. In meinem Rucksack trage ich Jorge Semprúns Buch Schreiben oder Leben, das er mir 1995 in Wien signiert hat. Die Lektüre hat mir bereits eine Vorstellung davon vermittelt, wie hier täglich gelebt, gelitten und gestorben wurde. Im sogenannten Schutzhaftlager sind heute nur noch wenige bauliche Spuren erhalten: kaum fünf Gebäude von den Dutzenden Baracken, die einst eine rund vierzig Hektar große, zu einem Buchenwald hin abfallende Fläche bedeckten.
Der spanische Schriftsteller und späterer Kulturminister Jorge Semprún schildert in seinem Buch seinen Besuch in Buchenwald im März 1992: „Ich wusste jedoch nicht, was sie mit dem eigentlichen Lager gemacht hatten, mit der eintönigen Reihe von Baracken und Betonblöcken. Die Überraschung war daher vollkommen. Sie hatten den Stacheldraht bewahrt, die Wachtürme, die ihn in regelmäßigen Abständen säumten, der Kontrollturm über dem Lagertor stand noch an seinem Platz, genau so, wie ich ihn in Erinnerung hatte. Ebenso die Gebäude des Krematoriums, der Duschen und des zentralen Bekleidungslagers. Alles andere war dem Erdboden gleichgemacht worden, aber, wie an einer archäologischen Stätte, waren die Lage und die Fundamente jeder einzelnen Baracke, jedes Betonblocks, durch Rechtecke aus grauem Kies gekennzeichnet, die von einem steinernen Rand eingefasst waren; an einer ihrer Ecken erinnerte ein Marker an die Nummer, die einst dem verschwundenen Gebäude zugewiesen war. Das Ergebnis besaß eine unglaubliche dramatische Kraft. Der auf diese Weise entstandene leere Raum, umgeben vom Stacheldraht, beherrscht vom Schornstein des Krematoriums, vom Wind des Ettersbergs durchweht, war ein erschütternder Ort der Erinnerung.“
Die Häftlinge – zunächst politische Gefangene, Kleinkriminelle, Roma und Homosexuelle, später auch sowjetische Kriegsgefangene und Juden – gelangten durch ein Tor ins Lager, über dem die zynische Inschrift „Jedem das Seine“ angebracht war. Lesbar war sie ausschließlich von innen; sie richtete sich allein an die Gefangenen. Ihre eigentliche Bedeutung erschließt sich im Kontext der nationalsozialistischen Lagerlogik: „Vernichtung durch Arbeit“ – die perverse Legitimationsformel eines Systems organisierter Ausbeutung und systematischen Mordens. Unter den erhaltenen Gebäuden ragt ein Backsteinbau mit überdimensioniertem Schornstein hervor: das Krematorium. Etwa zweihundert Meter entfernt befinden sich die Überreste von Goethes Eiche, an deren Hang am Ettersberg er einst spazieren ging. Jenseits von Stacheldraht und Wachtürmen, im äußeren Lagerbereich, sind weitere Bauten erhalten: das Kommandanturgebäude, Unterkünfte der SS, die Fahrzeugdepots mit eigener Tankstelle, Hundezwinger, eine Reithalle für den Lagerkommandanten und seine Familie, sogar die Reste eines Zoos. Auch Teile der Industrieanlagen stehen noch, in denen Häftlinge täglich bis zu zwölf Stunden Zwangsarbeit leisten mussten, um Waffen für den sogenannten „Endsieg“ herzustellen. Ein rund einen Kilometer langer Weg durch den Buchenwald führt zum Steinbruch – einem der grausamsten Orte des Lagers, geprägt von extremen Arbeitsbedingungen und der häufig praktizierten Mordmethode des „auf der Flucht erschossen“.
Mehr als 270.000 Menschen aus etwa 50 Ländern waren in Buchenwald inhaftiert; mindestens 56.000 von ihnen starben an Hunger, Krankheit, Erschöpfung oder wurden von der SS ermordet – nicht zuletzt dann, wenn ihre Arbeitskraft als „unzureichend“ galt. Eine zwanzigminütige Busfahrt bringt mich zurück nach Weimar. Die Stadt hält die Erinnerung an Buchenwald wach: durch den Buchenwaldplatz, durch ein Museum zur Zwangsarbeit, durch Denkmäler für Häftlinge wie Ernst Thälmann. Seit 2019 trägt einer der zentralen Plätze den Namen Jorge Semprún – ein Ort, der zuvor nach Herzog Carl August, später nach Adolf Hitler und Karl Marx benannt war.
Manuel Uzcanga Meinecke 2026. All rights reserved.









































































